Doina Ruşti
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Doina Ruşti

Cristián

 

Ella lo advirtió desde la acera de enfrente, avanzaba entre la multitud dando rápidas zancadas, su sombra se proyectaba sobre los grises muros de la Universidad; corrió hacia él, tratando de hacerse oír a gritos entre el torrente que autos que circulaban a toda velocidad: ¡Cristiaaaán!!

Habían acordado encontrarse en la librería de la esquina. Él avanzaba en esa dirección. Madi no tuvo paciencia: quería que él supiera que ella lo había visto desde la acera de enfrente; sin pensarlo dos veces corrió hacia él, empujada por la visión de su espigada silueta con un pañuelo violeta atado al cuello; la misma silueta que le enternecía en cada ocasión y que la enterneciera tanto la primera vez que lo vio en la penumbra del Club A.

 Bajo el luminoso cielo de mayo, en la esquina de la Universidad rugían motores embalados en carrocerías brillantes y multicolores; entre ellas, avanzaba con agilidad una máquina negra, como un gato negro, como un chivo, negro. Otra máquina, corpulenta como un elefante, surgió sin que la advirtiera, en la esquina. Ocho sonidos, ligeros y frescos como barquillos de helado, flotaron sobre el boulevard. Habían salido desde los pulmones de Madi, los había liberado al ver avanzar el pañuelo violeta entre la gente apresurada por voltear la esquina. Ella lo había llamado por su nombre, y aún esperaba que él volviera la cabeza para que la viera después de darse cuenta que la punta del auto negro la había golpeado como si fuera una pequeña pelota de caucho. Con la rapidez de un relámpago advirtió que estaba muerta, mientras que el nombre de Cristián continuaba avanzando hacia la mancha guinda de la acera de enfrente. Madi alcanzó a ver el cielo por un momento, intentó encontrar la silueta espigada que avanzaba con prisa entre la gente, deseando con la vehemencia del último deseo que su grito le diera alcance. Mientras su cuerpo volaba aparatosamente y caía en el asfalto, los ocho sonidos se alejaban volando, ligeros y juguetones, por encima de los autos, enrollándose graciosamente en los cables de electricidad, de teléfono, de Internet, de televisión, esos caminos invisibles por los que viajan miles de señales, cada una con un objetivo tan preciso y exacto como los ocho sonidos espumantes, que viajaban entusiasmados como relámpagos recién liberados.

trad Sebastián Teillier

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